Los sueños parecen historias, pero el cerebro no está funcionando exactamente como cuando estamos despiertos. Durante el sueño cambian los patrones de actividad de numerosas cerebrales. En REM, los sueños tienden a ser más largos, visuales, emocionales y extraños, aunque también podemos soñar durante etapas no REM.

Una de las ideas más estudiadas relaciona el contenido de los sueños con procesos de que ocurren durante el sueño. Sabemos que dormir favorece distintos aspectos de la y que experiencias recientes pueden reaparecer transformadas en los sueños. Lo que no está demostrado es que la experiencia consciente de soñar sea necesaria para que ocurra esa consolidación. Tampoco hay para un “diccionario universal” en el que cada objeto soñado tenga un significado fijo. La evidencia moderna no respalda un “diccionario universal” en el que, por ejemplo, soñar con agua signifique siempre una cosa concreta.

También existen hipótesis sobre procesamiento emocional, simulación de situaciones, creatividad y asociación de recuerdos. Algunas investigaciones sugieren que el contenido de los sueños puede reflejar procesos útiles de integración de memoria y emociones. Sin embargo, demostrar que el sueño que experimentamos conscientemente es necesario para esos beneficios es mucho más difícil que demostrar que dormir sí beneficia la memoria.

Un ejemplo: si pasaste el día aprendiendo algo nuevo, hablando con una persona y preocupándote por otra cosa, el sueño puede mezclar las tres experiencias en una escena imposible. El cerebro no está reproduciendo una grabación: está trabajando con piezas de memoria.

Por qué llegamos a esta respuesta: las revisiones científicas actuales coinciden en que no existe una explicación única aceptada para la función de los sueños. Por eso nuestra respuesta separa dos hechos: sabemos bastante sobre cuándo y cómo aparecen; sabemos mucho menos sobre para qué existen.