Una órbita es una caída continua.
Si no existiera la gravedad del Sol, un planeta que ya está moviéndose seguiría aproximadamente en línea recta. Pero el Sol tiene muchísima y su gravedad cambia continuamente la dirección del movimiento del planeta.
El resultado es una trayectoria curva: el planeta cae hacia el Sol, pero avanza de lado lo bastante rápido como para ir “fallando” continuamente el blanco.
Ejemplo: imagina lanzar una pelota horizontalmente desde una montaña muy alta. Cae al suelo porque la gravedad curva su trayectoria. Si pudiéramos lanzarla muchísimo más rápido y no hubiera aire ni montañas, la superficie curva de la Tierra podría alejarse debajo de ella al mismo que cae. La pelota quedaría en órbita. Esta idea, imaginada por Newton, ayuda a entender las órbitas.
Las órbitas planetarias no son círculos perfectos. Son elipses, aunque muchas son bastante cercanas a un círculo. La de un planeta cambia durante la órbita: se mueve más rápido cuando está más cerca del Sol y más lento cuando está más lejos.
El Sol también se mueve un poco por la atracción de los planetas. En realidad, todos los cuerpos se atraen mutuamente y orbitan alrededor del centro de masa del sistema. Como el Sol contiene casi toda la masa del sistema solar, ese centro suele quedar muy cerca de él.
Los planetas no necesitan motores para continuar su órbita. En el espacio hay muy poca resistencia que los frene, y el movimiento y la gravedad mantienen la trayectoria.
Por qué llegamos a esta respuesta: las leyes de Newton y la gravedad permiten calcular con gran precisión cómo cambian el movimiento de los planetas y las naves. Dicho de manera sencilla: un planeta sigue avanzando mientras la gravedad del Sol va curvando continuamente su trayectoria.