Una estrella emite luz de manera bastante estable en los intervalos de tiempo en que nosotros vemos su “parpadeo”. El problema está más cerca: en nuestra atmósfera.
El aire no es perfectamente uniforme. Hay bolsas de aire con temperaturas, densidades y movimientos diferentes. Cada una tiene un ligeramente distinto, por lo que desvía la luz un poco. Como esas bolsas están moviéndose continuamente, la trayectoria de la luz cambia de instante en instante.
Las estrellas están tan lejos que, a simple vista, son prácticamente puntos. Una desviación minúscula afecta notablemente a ese punto aparente, así que percibimos centelleo. Los suelen centellear menos a simple vista porque, aunque parecen puntos pequeños, su disco aparente suele ser suficientemente extenso para que la atmósfera distorsione de forma algo distinta la luz procedente de distintas partes; esas variaciones se promedian parcialmente. Cerca del horizonte, incluso los planetas pueden centellear de forma apreciable.
Un ejemplo: mira un objeto a través del aire caliente que sube sobre una carretera o una parrilla. El objeto parece ondular. El principio es similar: diferencias de temperatura cambian cómo se refracta la luz.
Las estrellas cerca del horizonte suelen centellear más porque su luz debe atravesar una mayor cantidad de atmósfera antes de llegar a nuestros ojos.
Este mismo problema afecta a los telescopios terrestres. Los observatorios modernos utilizan óptica adaptativa para medir y corregir rápidamente parte de la distorsión atmosférica.
Por qué llegamos a esta respuesta: la atmosférica es la explicación establecida y observable. No necesitamos suponer que la estrella cambia en realidad de brillo cada fracción de segundo. Y explica de forma natural por qué el efecto empeora cerca del horizonte y por qué disminuye en el espacio.